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Palabra de vida / febrero 2021

Letizia Magri

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).


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Al evangelista Lucas le gusta subrayar la grandeza del amor de Dios a través de una cualidad que, ciertamente, le parece que la describe al máximo: la misericordia.
En las Sagradas Escrituras, este es –podríamos decir– el rasgo materno del amor de Dios, con el cual Él cuida de sus criaturas, las conforta, las consuela, las acoge sin cansarse nunca. Por boca del profeta Isaías, el Señor promete a su pueblo: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados» (Is 66, 13).
Es un atributo que reconoce y proclama también la tradición islámica: entre los 99 Nombres más Bellos de Dios, los que más frecuentemente se repiten en los labios del fiel musulmán son el Misericordioso y el Clemente.
Esta página del Evangelio nos presenta a Jesús ante una multitud de personas, algunas provenientes de ciudades y regiones muy lejanas, haciendo a todos una propuesta audaz y desconcertante: imitar a Dios precisamente en su amor misericordioso.
¡Una meta que a nosotros nos parece casi impensable, inalcanzable!
 

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

 

Desde la perspectiva del Evangelio, para imitar al Padre, ante todo debemos ponernos cada día detrás de Jesús y aprender de Él a amar tomando la iniciativa, tal como el mismo Dios hace incesantemente con nosotros.
Es la experiencia espiritual que describe el teólogo luterano Bonhoeffer (1906-1945): «Cada día la comunidad cristiana canta: “He recibido misericordia”. He obtenido este don incluso cuando le he cerrado el corazón a Dios, […] cuando me he extraviado y no encontraba el camino de regreso. Entonces ha sido la palabra del Señor la que ha acudido a mí. Y así he comprendido: él me ama. Jesús me ha encontrado: ha estado cerca de mí, solo Él. Me ha consolado, ha perdonado todos mis errores y no me ha culpado del mal. Cuando yo era su enemigo y no respetaba sus mandamientos me trató como a un amigo. […] Me cuesta entender por qué el Señor me ama así, por qué le soy tan querido. No puedo entender cómo ha conseguido y ha querido ganarme el corazón con su amor; solo puedo decir: “He recibido misericordia”»1.
 

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

 

Esta Palabra del Evangelio nos invita a una verdadera revolución en nuestra vida: cada vez que nos encontremos ante una posible ofensa, podemos no tomar el camino del rechazo, del juicio inapelable y de la venganza, sino el del perdón, el de la misericordia.
Más que cumplir con un deber gravoso, se trata de acoger de Jesús la posibilidad de pasar de la muerte del egoísmo a la vida verdadera de la comunión. Descubriremos con alegría que hemos recibido el mismo adn del Padre, el cual no condena a nadie definitivamente, sino que da a todos una segunda oportunidad y abre así horizontes de esperanza.
Adoptar esta postura también nos permitirá preparar el terreno a relaciones fraternas, de las que puede nacer y crecer una comunidad humana orientada por fin a la convivencia pacífica y constructiva.
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».
 Es lo que sugería Chiara Lubich meditando sobre esa palabra del Evangelio de Mateo (cf. Mt 5, 7) que proclama bienaventurados a quienes practican la misericordia: «El tema de la misericordia y del perdón invaden todo el Evangelio. […] Y la misericordia es precisamente la última expresión del amor, de la caridad, la que la cumple, es decir, la que la hace perfecta. […] ¡Tratemos, pues, de vivir en cada una de nuestras relaciones este amor a los demás en forma de misericordia! La misericordia es un amor que sabe acoger a cualquier prójimo, en especial al más pobre y necesitado. Un amor que no mide, abundante, universal, concreto. Un amor  que tiende a suscitar la reciprocidad, que es el fin último de la misericordia, sin la cual solo habría justicia, que sirve para crear igualdad pero no fraternidad. […] Aunque parezca difícil y atrevido, preguntémonos delante de cada prójimo: ¿cómo se comportaría su madre con él? Es un pensamiento que nos ayudará a entender y a vivir según el corazón de Dios»2.
 
 
1 D. Bonhoeffer, 23 de enero de 1938, en La fragilità del male, raccolta di scritti inediti, Piemme, 2015.
2 C. Lubich, Palabra de vida, noviembre de 2000, en Ead., Palabras de Vida/2 (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva (publicación prevista en 2021).




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