Desde sus orígenes el ser humano se ha servido del arte para reflejar la vida cotidiana, documentando los usos y costumbres de todas las épocas y mostrando la evolución del ser humano y de su entorno. El trabajo, como motor que mueve el mundo, aparece en las primeras manifestaciones artísticas, que se remontan al paleolítico, cuando el hombre vivía de la caza y la pesca. De todos es conocida la Cueva de Altamira en Santillana del Mar (Santander), llamada la Capilla Sixtina del Paleolítico. Hace 15.000 años el hombre pintaba bisontes y escenas de caza, seguramente con un significado mágico, pensando que la representación de un animal propiciaría su caza. También las grandes civilizaciones, como Egipto, Grecia o Roma, nos han dejado información a través de sus obras artísticas de cómo construyeron sus ciudades y sus casas, de cómo era la sociedad, el trabajo de campesinos y artesanos, el funcionamiento de la administración y la burocracia.
En la Edad Media, durante la época de esplendor del románico y en los primeros años del gótico, se utilizó la pintura mural para revestir los templos. Ahí y en las miniaturas de los códices y en las vidrieras, descubrimos escenas de la vida diaria. Un ejemplo es San Isidoro de León (1150). En el interior de algunos arcos están representados los doce meses del calendario agrícola, y cada mes está personificado por una figura trabajando en algo habitual en la época: siega en julio, vendimia en septiembre, matanza en noviembre…
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