Desde que recibiera la primera comunión a los siete años, Carlo iba a misa diaria, rezaba el Rosario («la escalera más corta para subir al Cielo») y dedicaba un rato de adoración antes o después de la Eucaristía. A propósito de vivir la oración, Antonio, un estudiante malagueño de 21 años nos ha querido contar su experiencia:
«Siempre nos han dicho que hacer oración es hablar con Dios, pero ¿cómo hablar con alguien a quien apenas conoces? ¿Y si hacer oración no fuera más que un ejercicio mental de autoengaño? Lo que sí tengo claro es que, entre tanto ruido, el cuerpo muchas veces me pide silencio, desintoxicarme de todos esos planes, estudios, tareas… que el mundo nos exige realizar, y rápido.
»Por eso, me atrevería a afirmar que a todos nos ha llegado alguna vez ese momento en el que el cuerpo dice basta y pide silencio. Y es ahí, en ese silencio, donde aprendemos a auto descubrirnos y donde quienes creemos que se puede acceder a Dios a través de la oración, tenemos la oportunidad de dejarle que nos hable. Ahora bien, ¿cómo habla Dios?
»En varias ocasiones he conseguido evadirme de la realidad exterior y he encontrado dentro de mí otra realidad que me mostraba el camino a seguir. Es como si alguien te mostrase tu plenitud, tu verdadero yo. Te hace vivir en una verdad que, aun estando por encima de ti, hace que seas plenamente tú. Quizá puede parecer una extraña paradoja, pero quien lo ha vivido lo entenderá, porque una vez que se empieza no hay marcha atrás. Vivir en la oración es vivir en el amor, y te hace ver la realidad con mayor claridad. En su día, a mí me preocupaba estar evadiéndome de la realidad cuando rezaba, estar huyendo de los problemas de mi vida, pero un sacerdote me ayudó a comprender la importancia de ser paciente y humilde, porque escuchar la voz de Dios no es un producto espiritual de consumo y va más allá de cualquier sentimentalismo.
»Ahora bien, para que Jesús venga, hay que llamarlo. Por suerte, Jesús nos dio unas pautas. Nos enseñó a llamar al Padre, a pedirle que se haga su voluntad y no la nuestra (quizá sea este el gran obstáculo) y a encomendar en sus manos nuestro espíritu. Lo difícil, claro está, es trasladar esa vida interior a nuestras acciones diarias, a la hora de trabajar, de relacionarnos con otros, de amar a quienes nos rodean. Así que ¿os animáis a hacer de esa vida ideal un hecho real?».