En estos momentos, atrapada en la nostalgia, me llenan de emoción las palabras de homenaje a Fernando Guerrero, mi abuelo, en el artículo de Javier Rubio del número de octubre.
Desde muy niña él me mostró que la vida es mucho más de lo que se puede ver o tocar. Me enseñó que hay una trascendencia más allá de mí misma y me lanzó en busca de una espiritualidad profunda que me guiara en mi camino. Mi abuelo creó para mí un espacio de diálogo y comprensión en el que siempre escuchó mi voz y compartió conmigo su devoción por Dios.
Durante mi infancia, la fe siempre fue para mí un símbolo del amor entre mi abuelo y yo. Él me enseñaba los misterios de Dios y me dedicaba su tiempo y su cariño, mientras compartíamos misas, oraciones y leches merengadas. ¡Cuánto le he adorado y admirado a lo largo de mi vida! Fue para mí un abuelo extraordinario. Su legado de amor, fe y testimonio de vida es un abrazo infinito que me acompañará para siempre en su ausencia.
Agur, abuelito, gracias por darme tanto. Siempre te querré más allá del olvido.