Es esencial que cada uno asuma la responsabilidad de proteger y atender a los demás, para construir un modelo nuevo de sociedad.
Tras más de tres meses de aislamiento, una experiencia única jamás vivida antes, la pandemia se está controlando. Pero la alerta debe ser continua, no hay que bajar la guardia, hemos de actuar con responsabilidad ante el riesgo de nuevos brotes. Tenemos miedo. El temor a lo que puede venir genera incertidumbre. Es un sentimiento similar al de un paciente con cáncer. Cuando el tratamiento acaba, brotan nuevos sentimientos de desprotección y vulnerabilidad. En el hospital el enfermo estaba vigilado y el riesgo estaba controlado. Cuando se da el alta se desearía volver a la vida de antes, pero no es posible, quedan secuelas físicas en el cuerpo, una tormenta emocional, cambios de rol en la familia y en el trabajo, muchas dudas e inseguridades. Se pasa a una nueva fase, el reto de «vivir tras el cáncer». Y surge el miedo a la recaída, el síndrome de la espada de Damocles, que está suspendida de un hilo encima de la cabeza y en cualquier momento puede caer. No es fácil vivir así, pues el miedo atrapa, se instala una actitud de amenaza con angustia y desasosiego. Es el miedo al futuro incierto.