Bajo control
La portada del mes de junio me dejó dudas. Ese “Bajo control” me sugería dos cosas: ¿Hemos llegado a una pandemia porque hemos controlado poco la difusión del virus? O más bien ¿la población se siente controlada? Adentrándome en los artículos, aun sin ver una respuesta clara, pues las dos podrían ser validas, encontré esta frase en la sección mirador: «Esta crisis derivará en un mayor control socialmente aceptado: geolocalización, videocámaras térmicas, pasaporte sanitario, controles policiales (…) una peligrosa tendencia hacia un creciente control totalitario».
Sí, creo que la tecnología está usurpando nuestra la libertad. Es un riesgo. Recuerdo dos episodios sucedidos últimamente. Teníamos que arreglar la cerradura del portal y hablaba con mi marido sobre distintas posibilidades. Al rato cogí el móvil para buscar últimas noticias, y esos anuncios tan molestos que siempre salen esta vez eran todos de cerraduras de portal. Otro día una vecina me trajo unos kilos de limones. Comenté en casa qué podríamos hacer con tanto limón y otra vez, al usar el móvil, los anuncios eran todos sobre recetas con limón. ¿Casualidad? No sé. El móvil escucha y te muestra lo que puede interesarte. Puede ser útil, pero sentí mi intimidad «bajo control».
Ya hemos vivido otra etapa así. Los años que siguieron al atentado del 11-S los recuerdo como una lucha por el equilibrio entre seguridad y privacidad. Ahora hay nuevas tecnologías y vamos con el rostro semioculto tras una mascarilla. Pero como he leído también en el artículo de Generacion3: «Si la mascarilla nos tapa la sonrisa, habrá que aprender a sonreír con la mirada». Por favor, que el control no difumine nuestra sonrisa.
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