Este año no se podrá celebrar en las calles la festividad del Corpus Christi debido a la pandemia. Esta fiesta nos recuerda que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y del culto litúrgico. Sus primeras manifestaciones surgieron en 1256 en la Abadía de Cornillón, diócesis de Lieja, Bélgica. La priora santa Juliana tuvo gran veneración al Santísimo Sacramento y anhelaba que hubiera una celebración especial en su honor. Se cuenta que tuvo una visión: «Veía una luna llena tan brillante como el Sol, a la que una sombra deslucía su resplandor». La luna remite al calendario litúrgico de las fiestas de la Iglesia y la sombra aludía a que faltaba una, la del Santísimo Sacramento. El obispo de aquella diócesis, Roberto de Thorete, dispuso que se celebrara el Corpus Christi cada año.
En 1263, durante el pontificado de Urbano IV, se produjo el Milagro de Bolsena. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas durante la consagración y en el momento de partir la sagrada forma vio salir de ella sangre que empapó el corporal donde se apoyaban el cáliz y la patena. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 de junio de 1264. El Papa, movido por este milagro y ante la petición de varios obispos, hizo que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia. Por medio de la Bula Transiturus de hoc mundo, instauró la conmemoración anual del Corpus Christi el jueves de la Octava de Pentecostés. Los siguientes papas continuaron con esta conmemoración y Nicolás V fue el primero en establecer que el Santísimo saliera en procesión por las calles de Roma en 1447. Un siglo después el Concilio de Trento y el espíritu de la Contrarreforma fueron la respuesta católica a las campañas contra la Eucaristía.
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