l Paseo de Gracia sin las personas que lo caminen deviene un espacio como cualquier otro, sin nada particular; de nada le valen sus farolas, sus tiendas exclusivas… igual que el Gótico, el Born. Si por las calles no hay corazones caminando, no hay historias transcurriendo y todo pierde el encanto, la razón de ser.
Llego al mar, toda su inmensidad también está vallada y no me alegra sentirme privilegiada viendo el mar, porque no puedo compartirlo, esta sensación me confirma aquello que he leído tantas veces: los humanos somos criaturas sociales, no nos sirven el mar, los parques, la ciudad… si todo está vacío, si estamos solos en tales espacios construidos para ser compartidos.
Los bancos de mi barrio, que tan llenitos están siempre de abuelos tomando el sol, permanecen inertes como estatuas en un día cargado de primavera.
Las manos asoman por los balcones cual presos asoman de sus celdas, pero nadie está preso. Me doy cuenta de mi comparación y entonces reflexiono… ¡Cuántos presos quisieran nuestra prisión estos días!
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