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Barcelona 1960: El primer focolar

Nunziatina Cilento

La historia del Movimiento de los Focolares en España tiene a Nunziatina Cilento como una de sus primeras protagonistas. Tras la Mariápolis de 1959 en Fiera di Primiero (Italia), en la que participaron varias personas de Barcelona, entre las cuales un canónigo de la catedral, las circunstancias hicieron comprender que había llegado el momento de llevar “esta nueva vida� también a España.
A finales de septiembre de 1959 me dirijo a Barcelona. No sé el idioma, no conozco a nadie; no sé dónde voy a dormir la próxima noche. Pero realmente, no es problema mío. Cuando salí, Chiara no me entregó un crucifijo, como hace un superior con el misionero. Me grabó en el corazón un crucifijo invisible. Nadie diría que voy por Dios a un país que no conozco. Día tras día ella ha marcado en mi corazón dos iniciales, que son todo: J.A. (Jesús abandonado), y con esta herencia se puede surcar el océano, como hizo Ginetta en aquellos mismos días, o atravesar los Pirineos como estoy a punto de hacer yo. Soy muy feliz. Marsella es la primera etapa de mi viaje. Allí me reúno con un religioso que conoce y aprecia el Movimiento y que ha vivido durante muchos años en Barcelona: el padre Crosasso (…). En el andén veo al sacerdote, que busca con la mirada el compartimento donde estoy. Me asomo a la ventanilla. El tren está a punto de salir. Me entrega un hatillo hecho con un mantel de cuadros, de esos que usa la gente de pueblo. (…) Y cuando el tren ya se pone en marcha, se saca una estampa de una manga y corre. Es una bonita Virgen María, de arte francés. Debajo, escrito a mano: “Que la bendición de María le acompañe siempre�. (…). La gente del compartimento me mira. Estoy muy emocionada. Me dan ganas de llorar, pero tengo el alma en adoración y contengo las lágrimas. Ya empiezo a experimentar, y después será experiencia de siempre, que todo el mundo es mi casa, porque yo soy de Jesús; que no me faltará nunca nada, si lo tengo a Él. Soy la persona más feliz, porque he encontrado a Dios. El tren sigue su viaje. En un momento dado miro el hatillo que el sacerdote me ha dado. Casi todos duermen. Tratando de hacer el menor ruido posible, abro este gran paño. Hay dos cuchillos, dos tenedores, dos servilletas de cuadros rojos, dos cucharas y un mantel usado. Después un bote, como de un cuarto, con una etiqueta escrita a mano: “Café italiano, para que usted no lo eche de menos enseguida�. Además otro tarro pequeño con té. Otras mil cosas más. Todas humildes, pero todas necesarias. Y, si no recuerdo mal, también estaba el desayuno. ¿Es posible llegar a tanto?

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