Unidad, solidaridad, bien común. Palabras como nunca invocadas por amigos, vecinos, redes sociales, parlamentos, medios de información, pensadores de impacto (imposible no recordar al papa Francisco). Europa existe por la magia de estas palabras, pero nuevos retos exigen nuevas respuestas. «Amamos Europa, pero no la vemos como debería ser», decía Chiara Lubich en 2007, un año antes de morir. Ella sufría «la noche colectiva que envuelve el mundo» y experimentaba «la noche de Dios y la construcción de la colectividad». Por esto en muchas ocasiones ha empujado a Europa a «componer una gran red de hermandad universal». Proponemos un fragmento.
«Se seguirá profundizando la comprensión de lo que es Europa y, al mismo tiempo, se ampliarán las fronteras: desde la pequeña Grecia, la conciencia europea llegará a abarcar del Atlántico a los Urales, especialmente por la penetración del cristianismo que infunde en los pueblos de la Europa “geográfica” los principios religiosos que, desarrollándose en principios civiles, sociales y políticos, construirán la Europa cultural. Y todo ello sin sofocar las distintas identidades ciudadanas y las identidades nacionales que se han ido formando.
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