Cuando, al debatir sobre el derecho de las familias a la educación de sus hijos, se apela a la propiedad de los padres sobre los hijos, a la homofobia de los padres, o simplemente se acusa, no resulta difícil intuir el deseo de enturbiar más que aclarar. Y está claro que ningún padre o madre se oponen a que sus hijos asistan a charlas impartidas por miembros de la Cruz Roja, personal sanitario, médicos, bomberos o policías, entre otros. No es esta la cuestión.
La propia legislación educativa establece entre las competencias del Consejo Escolar proponer, entro otras, iniciativas que favorezcan la igualdad y el respeto entre hombres y mujeres, la igualdad de trato o la prevención de la violencia en todas sus facetas. Nuestros chicos y chicas necesitan que la escuela ofrezca formación e información en estos temas; y así se debe llevar a cabo.
Ahora bien, nuestros niños y adolescentes son un material muy sensible (permítaseme la ligereza) y como educadores y legisladores debemos tener esto en cuenta siempre. Cualquier intervención educativa tiene, ineludiblemente, repercusiones para el futuro de la persona, y en esas edades tempranas mucho más. Cualquiera que sea el contenido que se aborda y la metodología que se usa debe hacerse desde el rigor pedagógico, el tacto educativo y, por supuesto, desde esa honestidad de quien se sabe y siente verdadero educador.
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