Fue noticia destacada a primeros de enero: Quassen Soleimani, el general de división iraní, para muchos una auténtica pesadilla, uno de los hombres más poderosos de Oriente Próximo, estratega y ejecutor de la política iraní fuera de sus fronteras, caía asesinado en el bombardeo que llevaron acabo unos drones norteamericanos en el aeropuerto de Bagdad. Y con él otros destacados jefes militares. Para el Pentágono la operación fue un «golpe de precisión quirúrgica» al que el mismo presidente Trump había dado su aprobación: «Por orden del presidente, el ejército de los Estados Unidos ha adoptado medidas defensivas para proteger al personal de los Estados Unidos en el extranjero asesinando a Quassen Soleimani». Así lo confirmó el Departamento de Defensa. Al presidente Iraní, Hassan Rohani, le faltó tiempo para decir que «Teherán y las naciones libres de la región se vengarán de Estados Unidos».
La tensión entre Estados Unidos e Irán viene de lejos y últimamente había habido episodios que la alimentaron aún más. De ahí que cabe preguntarse si el ataque al aeropuerto de Bagdad es un hecho de guerra o acaso de terrorismo. En cualquier caso no presagia nada bueno y hasta podría desencadenar una serie de reacciones en cadena, causando así más daño al ya martirizado Oriente Próximo, involucrando incluso a países que hasta ahora han quedado al margen del conflicto. El asesinato de Soleimani es un verdadero atentado contra la república iraní, que muy probablemente tratará de devolver el golpe.
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