Nací en Belfast, capital de Irlanda del Norte. Viví en una comunidad protestante y unionista, filo-británica, de modo que crecí en una cultura con muchas cosas buenas y algunas influencias negativas con respecto a la comunidad católica, irlandesa y nacionalista. Cada año, en julio y agosto, se encendían cientos de hogueras por toda la provincia en las que se colocaban «símbolos de odio» a la otra facción (banderas, retratos de políticos y a veces la imagen del papa). Este ritual también es parte de mi formación. No fueron las Iglesias las que crearon el conflicto, pero durante siglos han contribuido significativamente a mantener la división y promover lo que se conoce como «apartheid religioso y espiritual».
Tenía 18 años cuando por primera vez entablé amistad con un católico en la universidad. A los 24 años, cuando me encaminaba a ser ordenado ministro de la Iglesia presbiteriana, asistí por primera vez a una celebración católica y quedé profundamente impresionado por la belleza de su liturgia. El Espíritu se sirve de «encuentros directos» más para abrirnos que para encerrarnos en nuestras madrigueras espirituales y confesionales.
El 21 de julio de 1972, un día antes de partir con mi mujer y nuestro hijo para Indonesia, para enseñar teología en el seminario de la Iglesia evangélica de Timor, fui a Belfas a hacer unas compras. En un lapso de ochenta minutos el ejército republicano irlandés (IRA) hizo explotar veinte bombas, una de ellas en la estación de autobuses, causando 9 muertos y 130 heridos. Cuando estalló, me vi rezando: «Señor, ¿qué quieres que haga? ¿Para qué ir a Indonesia, cuando mi propia gente muere en la calle?».
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