«Un pequeño paso para un hombre, un salto gigante para la humanidad», con estas palabras Neil Armstrong ponía el primer pie de un hombre en la Luna. El evento, retransmitido por televisión fue seguido en directo por más de 600 millones de personas. Visto en retrospectiva, llegar a la Luna supuso un hito sin precedentes, quizás comparable en riesgo y audacia al descubrimiento de América. De hecho, la NASA había preparado dos discursos. Uno de ellos hacía referencia a la posibilidad de un fatídico desenlace. Piénsese, por ejemplo, que el ordenador del módulo que se posó sobre la superficie lunar era unas 180.000 veces menos potente que el de un teléfono móvil actual, llegando a saturarse durante el proceso de alunizaje. Pocos metros antes de posarse, Neil Armstrong comprobó que se dirigían hacia un cráter cuyo interior, cubierto de piedras, era poco seguro. Con el combustible a punto de agotarse, Armstrong tomó el control manual del módulo y condujo la pequeña nave hasta una zona más segura, unos metros más allá del cráter. En ese momento solo les quedaba combustible para 10 segundos más de maniobra.
A pesar de los imprevistos, el alunizaje de Armstrong fue el más suave de todos (hubo otras cinco misiones a la Luna). El impacto sobre la superficie fue tan pequeño, que los amortiguadores casi no se hundieron en las patas del módulo y en consecuencia la escalerilla quedó 120 centímetros por encima del suelo lunar. Dada la diferencia de gravedad con la Tierra, era un salto fácil. Al despegar de la Luna, otro pequeño incidente. Aldrin descubre que el conmutador que acciona el motor de encendido para regresar al módulo de mando se ha roto. Para accionarlo utilizaron la punta de un bolígrafo.
Entre los detalles que se conocieron con posterioridad figura la acción de gracias de Buzz Aldrin. Después del alunizaje, Aldrin solicita al control de Tierra unos segundos de silencio para que cada uno dé gracias según sus creencias. Entonces sacó un diminuto cáliz de plata, un vial de vino y una oblea de pan. Utilizando el teclado del ordenador como improvisado altar celebró la primera eucaristía en la Luna, mientras Armstrong lo contemplaba sorprendido en silencio. El pan y el vino habían sido bendecidos por un pastor presbiteriano de una Iglesia próxima al Centro Espacial de Houston.
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