Ingresaron al monasterio cuando tenían 22 y 21 años y no miraron hacia atrás. Entraron en otra dimensión donde el tiempo discurre con otro compás, sin el ajetreo ni el estrés de la ciudad. Aquí no hay WhatsApp, sólo sencillez y paz. Es la vida de oración y trabajo que Mª Carmen Lanuza y Eloísa Bernad eligieron hace casi 50 años. Desde entonces pertenecen a la Orden Cisterciense de Santa Lucía de Zaragoza.
La vida monástica, dicen, es muy desconocida hoy: «Hay que derribar el desconocimiento y prejuicio hacia esta vocación. Y si no te conocen, es difícil que la gente quiera optar por entrar». La suya es una comunidad de trece hermanas que viven en un régimen de clausura abierta. Atrás quedaron las rejas, están al tanto de todo lo que sucede gracias a los telediarios o periódicos para saber por lo que rezan y tienen visitas frecuentes. Además de la familia, también acogen a grupos de jóvenes para que las conozcan y vean que «somos normales». Cuentan con una hospedería y una casa de acogida para retiros y ejercicios espirituales de grupos.
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