Hacía un año que Huang había perdido la vista. Nadie sabía porqué. Era un niño divertido, le gustaba correr, subirse a los árboles, bañarse en el río con sus amigos… Pero desde que ocurrió lo que ocurrió se había vuelto un niño callado e incluso en ocasiones un poco arisco.
Un día su madre le ofreció un cesto con frutos de «ojos de dragón», y ese día todo empezó a cambiar. Son redonditos y su cáscara dura cruje fácilmente al apretarla con la mano. Son de color marrón claro, y en ocasiones el dibujo de su superficie recuerda las escamas de un dragón. Con una amplia sonrisa en sus labios, que él no podía ver, su madre le invitó a comerlos para tener tan buena vista como la de un dragón.
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