Cuando [el alma] ha perdido voluntariamente durante todo el día al Dios que habita dentro de sí para trasladarse al Dios que habita en el hermano (ya que el uno es igual al otro, como dos flores de ese jardín son obra del idéntico hacedor), y lo ha hecho por amor a Jesús crucificado y abandonado, que deja a Dios por Dios (justamente al Dios dentro de sí por el Dios presente o que ha de nacer en el hermano…), al volver a sí misma –mejor dicho, a Dios en sí misma (porque está sola en la oración o en la meditación)–, encontrará la caricia del Espíritu, que, porque es Amor, es verdaderamente Amor, dado que Dios no puede faltar a su palabra y da a quien ha dado: da amor a quien ha amado.
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Antes de ahora, el vértice de la vida espiritual era la mística unión del alma con la Trinidad en uno mismo por medio de Jesús. Incorporados a Él, por Él éramos un todo con la Trinidad. […] Era el máximo de la perfección del individuo, el cual –unido a Dios– dejaba fluir su Espíritu en el alma y se convertía en otro Cristo.
Pero ser «otro Cristo» era más una fe que una experiencia, porque la vida no era plena ni la luz era perfecta. Y de ahí las contradicciones: por ejemplo, conocer que el Espíritu Santo es unción, felicidad, consuelo, luz, amor, y experimentar en uno mismo –a pesar de la presencia del Espíritu– la aridez, el hastío, las tinieblas, la falta de amor.
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