Hay un dicho muy elocuente en educación: «Educar es encender un fuego, no llenar un vaso». El acompañamiento educativo es eso, encender un fuego... Es andar el camino junto a nuestros hijos sin hacerlo por ellos, es ayudarles a que encuentren su camino, no obligarles a andar por el nuestro. En ese proceso, nos situamos como «guías autorizados» que cuidan y aconsejan, con la conciencia de que al final serán ellos quienes decidan, pues son diferentes, con gustos, intereses y sueños distintos. Si, llegado el momento, alguno de esos sueños o intereses coinciden con los nuestros, estaremos agradecidos y orgullosos, pero no serán el objetivo prioritario.
El acompañamiento educativo tiene mucho de guiar y poco de dirigir; dista mucho de esas intervenciones machaconas que insisten en cómo y cuándo hay que hacer las cosas, de las respuestas prefabricadas que conducen a la indiferencia, del recurso continuo a «nuestros tiempos» o las propuestas pasadas que, sin dejar de ser válidas, necesitan un nuevo marco.
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