Janine y Hervé llevan casados veintitrés años. Hoy son una pareja maravillosa y a su lado se respira un aire tan puro como el de las montañas que rodean Grimisuat, la localidad suiza donde viven.
Cuentan Janine y Hervé que, después de varios años de matrimonio, la vida se les volvió un poco monótona y ella empezó a experimentar cierta insatisfacción. Es verdad que tenía que ocuparse de los dos hijos que les habían nacido, pero las rutinas domésticas empezaban a pesarle demasiado y añoraba todo aquello que había dejado atrás: sus amistades, el no tener que preocuparse de nada, las vacaciones… «Era una nostalgia –recuerda– que se iba apoderando paulatinamente de mí. Un día que estábamos haciendo las compras, un joven se fijó en mí con insistencia y se me pasó esto por la cabeza: “¡Mira, todavía le gusto a alguien!”. Me produjo cierta satisfacción, sin duda, pero al mismo tiempo también intuí que un peligro me estaba acechando. Aquella fracción de segundo fue de una importancia capital. Miré a Hervé, que había seguido la escena y comprendió que me había afectado».
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