ás de 1,3 millones de españoles votará por primera vez el 28 de abril. Los jóvenes suponen el 5,7% del censo (uno de cada 17) y su participación podría resultar clave para el resultado, pero bien es conocida la alta tendencia a la abstención en esta edad. Basta fijarse en las votaciones al Brexit en 2016: casi la mitad de los censados entre 15 y 24 años no votó, dejando la decisión en manos de los más mayores. En España es parecido histórica y cuantitativamente: los jóvenes entre 18 y 34 años de edad votan menos que el resto de la ciudadanía.
Este desinterés por la política viene marcado por varios factores. El más importante es el ciclo vital del electorado: incipiente y desvinculado de la política cuando se es joven, madurado y cercano cuando se es adulto, atenuado y tradicional cuando se es mayor. A esto se suman las carencias materiales (precariedad laboral, dificultades para la emancipación, etc.), que hacen que «su máxima preocupación no sea participar en la política y que tiendan a posiciones de indignación», anota el politólogo Eduard Güell.
La tendencia a la abstención es un hecho: «Uno de cada tres no vota y otro tercio está hecho un mar de dudas; y los que están decididos, aunque a menudo sin tener muy claro el sentido del voto, optan por formaciones más radicales», explica la analista Paz Álvarez al diario Público. Esto tiene una explicación: los partidos tradicionales apenas se dirigen a ellos. «PP y PSOE tienen tendencia a no perder el corazón de su electorado, y ahí no están los jóvenes», comenta la experta. Ahora bien, tras la irrupción de nuevas formaciones, los partidos tradicionales han renovado sus caras visibles: «Son jóvenes, gente de 30 y 35 años, y eso es algo muy novedoso en España», señala Güell. Parece que determinadas coyunturas políticas, como la aparición en los últimos años de nuevos partidos, podrían reanimar la asistencia a las urnas.
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