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Antonio, ¡gracias!

Félix Mercado

Antonio Santos García, delegado junto con su mujer Pilar de Familias Nuevas durante muchos años, nos deja un recuerdo de persona activa, sencilla y generosa.


Al vivir la caridad, tal como nos has enseñado, mi fe ha aumentado tanto, que en estos momentos es total: creo en Dios como nunca habría imaginado, y amo la Cruz porque es la Esperanza… en el Paraíso». Este fragmento de una carta a Ciara Lubich, fechada en 1971, dice ya bastante de la persona de Antonio. Había conocido el Movimiento de los Focolares, a finales de los 60, por un religioso agustino que llevaba un grupo de familias. Él y Pilar, su mujer desde 1958, con sus tres hijos, Mamen, Paloma y Antonio, acudieron por primera vez a una Mariápolis en 1969, en Burgos. De allí salió impresionado por conocer que Dios es Amor.
Pero demos un paso atrás. Antonio era manchego, nacido en 1931 en Villaseca de la Sagra (Toledo). A Madrid se trasladaría por motivos laborales de su padre, farmacéutico. Aquí le pilló la Guerra Civil y aquí nació su hermano, Florentino. A ejemplo del padre estudió la carrera de Farmacia, y fue en ese ámbito universitario donde conoció a Pilar. Juntos llegarían a crear  y desarrollar un pequeño laboratorio de plantas medicinales totalmente pionero, cuya gestión les causó no pocos problemas. Al respecto alguien ha dicho: «Con calidad de héroe y valentía ha sabido luchar hasta la última semana de su vida por este proyecto».
 
Cincuenta años han pasado desde aquella primera Mariápolis. Durante ese tiempo Antonio y Pilar se han dejado la piel en distintos ámbitos de los Focolares, en especial con el movimiento Familias Nuevas, del que podemos considerarlos pioneros en España. De hecho a partir de 1976 fueron delegados de Familias Nuevas durante muchos años, y luego encargados de las familias-focolar que iban surgiendo. Un inciso, Antonio y Pilar, en cuanto focolarinos casados, ligado él a un focolar masculino y ella a uno femenino, vivían así su donación a Dios, tratando de generar la presencia de Jesús en medio, tanto en sus respectivos focolares como en la familia. Y es esa «presencia» lo que hacía de su familia un focolar.

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