Los estropicios forman parte de la vida. Se empieza por romper un plato y se acaba rompiendo una relación, una familia, un barrio, una sociedad… Como en círculos concéntricos, las crisis astillan desde lo más íntimo hasta las relaciones internacionales. Un escenario que exige decisión, inteligencia y atrevimiento.
Son años en esta especie de conflicto global que nos afecta a nivel local y personal hasta hacernos perder el norte, como una desazón que confirma aquellas palabras de Ortega y Gasset: «No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa». No entendemos por qué, desde hace demasiados años, demasiada gente busca en la basura algo para mal vivir; ni por qué el color de la piel, un chador o un hiyab siguen trazando invisibles líneas divisorias. Nos es imposible admitir que perseveremos en una inadmisible discriminación por razones de género. Nos debatimos entre un consumo sin límites y la conciencia de estar destruyendo el planeta. Descubrimos fronteras, imperceptibles pero reales, entre los barrios de nuestra ciudad. Nos embobamos ante un recién nacido, mientras la población envejece a marchas forzadas…