En 1831 el explorador británico James Clark Ross midió por primera vez la posición del Polo Norte magnético, situándolo en el Ártico canadiense. Desde entonces ha ido cambiando, moviéndose de forma errática. A mediados de 1900 su velocidad aumentó de 10 a 55 km al año. En 2007 había entrado en el océano Ártico. En 2018 cruzó la línea internacional del cambio de fecha y en estos momentos se dirige hacia Siberia. En total, el polo ha recorrido 2.200 km desde el lugar donde fue detectado en 1831.
Conocer la posición del polo magnético ha sido y es esencial para nuestra civilización. Todos conocemos la brújula, instrumento inventado por los chinos en el siglo IX, cuya aguja imantada se orienta hacia el Norte por la acción del campo magnético terrestre. Sin la brújula no habría sido posible la navegación (ni la minería). Hoy muchos de nosotros, sin saberlo, llevamos una brújula en el bolsillo integrada en el teléfono móvil.
El Polo Norte magnético, al que apunta una brújula, no coincide con el Polo Norte geográfico. El ángulo comprendido entre el polo magnético y el geográfico se denomina declinación magnética, y conocerla es fundamental para los sistemas de navegación moderna, ya sea para los barcos en el mar o para el Google Maps de nuestros teléfonos. El Modelo Magnético Mundial, que describe y trata de predecir el comportamiento del campo magnético terrestre, es la base dichos sistemas.
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