Ya lo decía Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no entiende». Hoy, cuatrocientos años más tarde, la neurociencia confirma la intuición del filósofo francés. Por ejemplo, en lo que respecta a la formación de la propia identidad, son las convicciones profundas las que componen dicha identidad más que las razones en sí. Es decir, las convicciones no son razones, aunque puedan ser razonables, que percibimos y desarrollamos a partir de nuestro discurso lógico.
Dicho de otra forma, podemos creer que es verdadero incluso lo que está comprobado empíricamente como falso. ¿Por qué? Porque mi convicción sobre ese tema me lleva a encontrar argumentos para justificar lo que opino o para seguir arraigado en esa convicción profunda que marca un rasgo característico de mi identidad.
Este mecanismo de funcionamiento nos ha permitido, como especie humana, desarrollar la pertenencia a grupos, la cooperación, el sentido de pueblo, de nación, las religiones, etc. Ahora bien, si en la esfera de la identidad nuestras convicciones más profundas no dependen de razonamientos tan objetivos, ni de ideas claras y fáciles de clasificar, entonces tendremos que estar más atentos a nuestras emociones.
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