Esta frase que da título al libro recién publicado la pronunció monseñor Carlo de Ferrari, arzobispo de Trento en las décadas de los 40 y 50, cuando las primeras focolarinas fueron a explicarle la «aventura» en la que se habían embarcado. Cuando oí hablar de este libro, escrito por Lucía Abignente, encargada de los estudios históricos del Centro Chiara Lubich, sentí un gran deseo de leerlo, sobre todo para conocer los hechos históricos que habían acompañado desde el principio a la encarnación de un carisma. Me interesaba esa parte más desconocida, ese proceso largo hasta la aprobación del Movimiento de los Focolares por parte de la Iglesia.
Lo he leído con gusto, más que con pasión. Y he encontrado que, además de satisfacer toda mi «curiosidad histórica», me ha dado a conocer a verdaderos héroes que, siguiendo a Dios, han salvado vidas, han dado la suya por los demás. No hablo solo de Chiara Lubich, la fundadora y protagonista principal de esta historia, junto a monseñor De Ferrari, sino a todos los que desde el comienzo creyeron sin ver y amaron porque el Evangelio pedía Amor.
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