Cuando un deportista famoso, con contratos económicos estratosféricos, dona cierto capital, normalmente supone un irrisorio porcentaje de lo que ganan. Hablando mal y pronto, es calderilla para él. Y no digo que esté mal lo que hace; es más, aunque sea calderilla, es bastante dinero para la ONG, el hospital o la acción solidaria a la que va destinado el importe, pero es algo que apenas les supone esfuerzo y enseguida corre la noticia como la pólvora por las redes sociales y se les pone como ejemplo. En mi opinión hay ejemplos que «aportan» más.
Ver a Nadal achicar agua en las terribles inundaciones que asolaron Mallorca es un ejemplo de lo que me refiero. El propio Nadal no quería que la prensa se enterase, el manacorí quería ser un ayudante más, un ayudante anónimo que da su tiempo para socorrer a los demás. Pero en el fondo a Rafael Nadal ya le conocemos, es un ejemplo para todos, como dijo alguno, es «el hijo que todos queremos tener», o como dijo aquel otro: «Nadal debería ser asignatura obligatoria en los colegios».
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