Silvina Chemen es argentina, casada y madre de dos hijos. Es rabina titulada por el Seminario Rabínico Latinoamericano y, entre otras muchas notas distintivas, es graduada en lengua hebrea y Biblia, licenciada en Ciencias de la Comunicación, ha colaborado en programas educativos del Ministerio de Salud argentino y de la UNICEF, ha publicado varios libros, etc., ect., etc.
¿De dónde le surge la vocación al diálogo?, pues de eso trata el libro que presenta. A la rabina le cuesta identificar un punto concreto, más bien lo define como una secuencia de episodios vitales que en último extremo «se profundiza –dice– cuando yo tengo hijos que empiezan caminar, hablar... y van a la escuela judía». Es decir, exigencias de la vida misma. Rememora entonces la amistad con una compañera en la universidad pública que sin duda iba más allá de las barreras religiosas. De ahí arranca una profunda convicción: «Si no siembro espacios donde mis hijos tengan la experiencia de conocer otros rostros, no les estoy permitiendo habitar un mundo con toda su pluralidad». Y en este punto de su disertación Silvina demuestra que la experiencia de vida puede formularse en principios éticos: «Cuando uno tiene un grupo de pertenencia, la endogamia parece segura (…), pero cuando es una condición para no abrir la puerta a nadie (…) más que fortalecer una identidad lo que hace es debilitarla».
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