Cuando dos de nosotros, sabiéndonos nada, hicimos que Jesús Eucaristía pactase unidad sobre nuestras dos almas, advertí que yo era Jesús. Sentí la imposibilidad de comunicarme con Jesús en el Sagrario. Experimenté la embriagadora sensación de estar en el vértice de la pirámide de toda la creación, como sobre la punta de un alfiler: en el punto donde los dos rayos convergen, donde los dos Dios (por así decir) pactan unidad, «trinitizándose»1, donde, habiendo sido hechos Hijo en el Hijo, es imposible comunicarse con nadie sino con el Padre, así como el Hijo se comunica solo con Él.
Es el punto donde la creación muere en el Increado, donde la nada se pierde en el Seno del Padre, donde el Espíritu pronuncia en nuestra boca: Abbá-Padre.
Entonces el alma nuestra es el alma de Jesús. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive verdaderamente en nosotros.
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