Ese día, en el campamento, había concurso de tartas y cada uno debía haber traído de casa los ingredientes. Según bajaban hasta la orilla del lago, donde estaban las cocinas, alguien dio un traspiés y varios niños rodaron por la ladera, como si estuvieran jugando al rulo. A algunos se les rompieron los huevos, a otros se les esparció la harina y a Rubén le chorreaba leche de su mochila. Cuando la estrujó, parecía estar ordeñando una vaca. En fin, cada uno de los afectados perdió algo imprescindible para su tarta.
Mientras se limpiaban, oyeron las risitas de sus contrincantes. Entonces Itziar dijo: «¡Chicos, las lamentaciones no sirven de nada!». Les hizo una señal y, haciendo un corro, les dijo en voz baja: «Nadie ha dicho que sea un concurso individual. Juntos, con lo que cada uno pueda aportar, ¡hagamos la mejor tarta y no se reirán de nosotros!». A todos les pareció una gran idea.
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