Habíamos llegado a profundizar, a entender lo que es la Palabra de Dios, y la vivíamos con una intensidad enorme, en cada minuto, siempre; no lo hacíamos así, a la ligera. Por ejemplo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» [cf. Mt 22, 39]. Todo el día [amábamos al prójimo] con una intensidad que nunca después se ha repetido. […]
Esta Palabra de Dios nos transformaba, porque, así como antes quizá nos planteábamos simplemente amar al hermano, a los hermanos de la familia y a los amigos, con la Palabra era necesario amar a cualquier prójimo, de modo que nuestra alma experimentaba una especie de revolución, nuestra vida se hacía toda Evangelio. […]
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