El apóstol Pablo escribe a la comunidad de la ciudad de Filipo cuando él mismo es objeto de una persecución que lo pone en grave dificultad. Y sin embargo, a estos queridos amigos suyos él les aconseja –es más, casi les ordena– que estén «siempre alegres».
Pero ¿se puede dar semejante mandato? Si miramos a nuestro alrededor, no es fácil encontrar motivos de serenidad, ¡y mucho menos de alegría!
Ante las preocupaciones de la vida, las injusticias de la sociedad y las tensiones entre pueblos, es ya un gran esfuerzo no dejarnos llevar por el desánimo, darnos por vencidos y replegarnos en nosotros mismos. Pero Pablo nos invita también a nosotros:
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