Este verano recibí una llamada informándome de que el papa Francisco estaba buscando experiencias de jóvenes que hubiesen dado a conocer su fe a otras personas y que había llegado a sus manos la mía, pero yo descarté que fuese a elegirme. Una semana después empecé a recibir llamadas de números largos y desconocidos. Me preguntaron si podía ir a Roma a compartir mi experiencia. ¡Entré en estado de shock! No podía creerlo.
Recuerdo que justo después de la llamada me fui a misa, me senté y me quedé mirando el sagrario, y experimenté una paz enorme. Le pregunté el porqué de ese viaje, por qué me habrían elegido, y sentí que Jesús me pedía que viviese el momento presente, que poco a poco me iría mostrando el camino.
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