Todos los nietos siempre estábamos deseando ir a la cabaña de los abuelos. Nos gustaba porque podíamos subir a la higuera, bañarnos en el remanso del río e inventar historias por la noche, bajo las estrellas. El abuelo solía contarnos sus recuerdos de cuando él era pequeño y acompañaba a su padre a vender las verduras en el mercado.
Un día que estábamos allí, sufrimos un hechizo. Aquella mañana la abuela nos había pedido que fuéramos a recoger moras por la orilla del río, pero nos advirtió de que ni se nos ocurriera entrar en el agua. La corriente era muy fuerte y podía ser peligroso.
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