–Ese día Alfonso, el caracol, se había desplazado desde su escondrijo en la sombra hasta la piedra central del jardín. Y lo hizo tan, tan lentamente como él solo sabe hacer. Le gustaba acomodarse en lo alto y estirar bien sus cornamentas, sobre todo la larga, la superior, donde tiene los ojos.
Nacho –preguntó el abuelo a su nieto–, ¿tú sabías que los caracoles tienen cuatro cuernos, dos más largos y dos más pequeños?
–¡Pues claro! ¿O crees que no he visto nunca un caracol? –respondió el niño–. Abuelo, ¿te imaginas que nuestros ojos estuvieran como pinchados en un palo que se estirara y se encogiera?
–¡Para nada! –dijo el abuelo–; los míos están bien donde están...
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