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Voluntariado: un arte, una entrega

Ana Moreno Marín

UNA HISTORIA QUE CONTAR
Visitando el Hogar Don Orione tuve la ocasión de conocer a Jesús, director del centro. Lleva en esto desde los diez años. Primero se hizo voluntario, luego sacerdote, y desde entonces vive dentro de la institución (difundida por el mundo) y nunca ha dejado de ser voluntario. Según él, en estos chicos que acoge el Hogar brilla «la presencia de Dios de una manera original, fascinante y potente. Tienen una riqueza que, como ocurre con cualquier persona, hasta que uno no entra en relación con ella no termina de descubrir la profundidad que tiene». Jesús reconoce en ellos a amigos y explica cada lugar del hogar con gran ilusión. También dice que no siempre es fácil: «Hay momentos malos, porque es una institución formada por personas y no siempre está esa luz que te permite ver. Hay ocasiones en que los problemas o las confusiones se producen, pero lo importante es que la pureza nazca de respetar la diversidad del otro; y eso cuesta morir… Ocurre más con el personal. Lo menos complicado y lo más bello y grande son los chicos». Aquí también está Lucía, a quien conocí en la Mariápolis de Cazorla. Tiene 23 años y estudia farmacia. Comenzó en Don Orione hace tres años, pero ya a los 14 sintió una llamada a dedicarse a los “predilectos�. Ahora emplea gran parte de su tiempo en los chicos del Hogar. Para ella, la felicidad de estos chavales es mucho más grande que cualquier pequeño sufrimiento o miseria que pueda tener. Dice que traspasar esa barrera lo fue todo para ella. Antes estuvo en Cáritas, con niños de la calle: «¡Son esponjas del amor!», asegura; pero reconoce que lo que realmente le ha cambiado es el Hogar. Empezó como voluntaria, pero quería siempre más: «Empecé a venir todos los sábados con 4 o 5 personas, mis compañeros de clase. Entonces me plantearon que organizara un grupo de voluntariado en la facultad. Surgió entonces otra vertiente: tenía que entregar mi vida a esos jóvenes también. A partir de ahí fui de clase en clase y empecé a comunicar todo este amor que Dios me había dado por estos chavales». Para ella, sentir la llamada de Dios e implicarse con los chavales fue fundamental, y llegó a la par. «Se hizo un grupo –cuenta– y ese año ocurrieron dos milagros que se repiten cada sábado: uno es que siempre viene alguien (la Providencia), y el segundo es que siempre sale el sol para que los chicos puedan pasear». Pero ser voluntario requiere una constancia y eso a veces es difícil. Para Lucía, siendo organizadora, ha sido duro aceptar que las caras cambien, pues el voluntariado es libre y el compromiso tiene que venir de dentro: «Yo he aceptado este puesto y, en cierta forma, el pilar tengo que ser yo. Eliges que nada pueda más, ni tu sufrimiento, ni la frustración de que algunos lo dejen por el camino o tengan otros compromisos, porque superior a eso es que en el Hogar sigan existiendo esas sonrisas». «Cada voluntario –prosigue– tiene su disponibilidad y yo no me canso de mandar ese mensaje, y ese mensaje llega. El año pasado envié un sms cada semana a una chica durante todo el año, y me contestó al año siguiente, y vino. Me agradeció mucho por esos mensajes».

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