ue un 4 de octubre, hace ya unos años. Ese día, al volver a casa del trabajo, la encontró toda llena de gente. La policía local, una ambulancia… «Sólo recuerdo dos cosas: una invocación a Dios, desnuda como un grito, y el abrazo a mi segundo hijo». Había sido este quien había prestado auxilio a su madre, pero no pudo evitar una muerte súbita y trágica. Tenía 51 años.
Un desastre total: perder a una mujer extraordinaria, esposa y madre ejemplar. Y para colmo, una grandísima sensación de culpa. Previamente, «unos meses de depresión, un gran agotamiento físico y psíquico, y una gran angustia por la agobiante situación económica familiar».
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