Era un día claro de primavera. El cielo era de color azul radiante. Solo había una pequeña nube agarrada a la cumbre de la montaña. Las gotas de agua que formaban el algodón de la nube jugaban al pilla-pilla y a saltar sin caer. Estaban felices, pero una ráfaga de aire frío les hizo tambalear y algunas se precipitaron.
Una de ellas, la más limpia y pura, llamada Clara, tras una sensación increíble de vértigo, cayó sobre las agujas de un pino. Un poco de nieve entre sus acículas le sirvió de colchón. Entre los copos de nieve se produjo un poco de revuelo al ver a la gota tiritar.
Clara los miró: ¡Qué hermosos eran! ¡Cada uno con una forma diferente y cristalina! ¡Qué gran variedad! «¿Has venido a quedarte?», preguntaron. «No, no sé. Estoy aquí por casualidad», respondió.
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