Pero ya hemos visto que la productividad puede ayudar en cualquier ámbito; al fin y al cabo, todos tenemos objetivos y metas fuera del ámbito laboral. A mí, por ejemplo, la técnica Pomodoro, ya explicada en esta columna (Ciudad Nueva, octubre 2015), me ayuda a realizar las tareas domésticas sin perder el foco; o el valor del momento presente, también tratado en esta columna (Ciudad Nueva, mayo 2017), me ayuda con mis hijos a escucharles más y mejor (¡excepto cuando me hablan los tres a la vez!).
Pero ¿se puede empezar a transmitir «valores productivos» a los niños y a los jóvenes? ¿Se puede educar en la productividad?
Yo creo que sí. Por supuesto, el ejemplo ayuda. Para ello, puede ser bueno compartir con la familia objetivos personales que uno pueda tener: perder peso, aprobar un examen, participar en una carrera popular, etc... Y luego no hace falta hablar mucho, basta aplicarse; y los niños, que son como esponjas, absorberán que con esfuerzo las metas se pueden conseguir (consejo: mejor compartir objetivos realistas).
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