Ella se puso las gafas, fijó bien su objetivo, apretó el acelerador y se lanzó contra el coche que ocupaban su marido y «la otra». No fue un choque grave, pero sí inevitable. El marido, que no entendía qué había pasado, bajó de su coche dando voces. Ella, aunque no estaba del todo segura, tenía la sospecha de que había una amante, y verla junto a su marido, en el lugar que debía ocupar ella, le despertó una rabia incontrolable.
Desde hacía años Ella se preguntaba qué era lo que no estaba funcionado en su matrimonio. Pensaba que la crisis no dependía de ella, sino de una especie de vanidad masculina, típica de los cincuentones que hacen carrera en la vida. De hecho, desde no hacía mucho Él ejercía un cargo directivo al que se dedicaba con entusiasmo a tiempo pleno, descuidando su presencia en casa.
Las luces de alarma ya habían saltado repetidas veces con discusiones sin solución, sin un verdadero diálogo, ignorándose recíprocamente y cansados hasta de soportarse mutuamente. Sin darse cuenta, se habían distanciado años luz. Pero Él, en lugar de afrontar la situación y explicar sus dificultades, optó por justificar su acercamiento a «la otra» a causa de la actitud crítica y polémica de su mujer.
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