Podemos decir que contemplar es entrar en el misterio. Se contempla la naturaleza, una obra de arte, un tema espiritual… y sobre todo a Dios. Al contemplar, el Espíritu toma a la persona y la envuelve en algo real, inefable, inasible y auténtico, que la conmueve y la transforma interiormente. Se siente en presencia de Dios, y no hay aspiración más alta que la de alcanzar y ser alcanzado plenamente en esta unión con Dios, llegando «a participar de su misma naturaleza» (2 Pe, 1, 4). Los Padres de Oriente lo denominaron divinización del hombre.
Primeros siglos
San Juan evangelista insistía en una sola idea de Jesús: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13, 34). Tras la época del martirio e influenciados por la cultura greco-romana, los cristianos comprendieron que para amar «como» Jesús había amado, se necesitaba tener una mirada y un corazón puros, es decir, purificarse.
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