Ana era una niña dulce y alegre. Hacía unos meses que su mamá había muerto y desde entonces no hablaba con nadie y hasta le molestaba que la gente riera. A su papá le pasaba lo mismo. Cuando la recogía en el cole, se miraban a los ojos y, sin decir nada, regresaban a casa. Allí todo era silencio y encendían la tele para oír a alguien hablar. Se sentían muy solos.
Andrés, un compañero de Ana, entendía muy bien su tristeza, pero no sabía cómo ayudarla. Un día la vio sentada en el bordillo de la acera. Se acercó y, sin hablar, se sentó a su lado. Ella lo miró y siguió callada. Él con un palito escribió en el suelo: «Está en el Paraíso». Ana se giró hacia él sin entender nada: «Mi mamá no está en ningún sitio. Mi mamá murió».
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