Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) vivió en una época de profundas transformaciones y en pleno esplendor del barroco sevillano. Sevilla ya no era la ciudad floreciente del siglo XVI, sino que sufría una grave crisis demográfica y económica (la peste de 1649 redujo la población a la mitad), pero aun así conservaba el carácter cosmopolita del siglo anterior.
El pintor vivió y trabajo en este ambiente y apenas salió de su ciudad, salvo un viaje a Madrid en 1658 en el que conoció las colecciones reales. Poco después, en 1660, fundó junto a Francisco de Herrera la Academia de Dibujo de Sevilla, donde se formaron muchos pintores, escultores, retablistas y decoradores sevillanos.
Murillo tuvo como maestro a Juan del Castillo y de él aprendió la tradición naturalista; además le influyeron Herrera el Viejo, Zurbarán, Ribera y Velázquez. También conoció las escuelas italiana y flamenca, gracias a las pinturas y estampas que pasaban por Sevilla camino de América, y por las obras de coleccionistas sevillanos. La influencia de estos maestros se plasma en el realismo de sus temas, en el cuidadoso estudio de luces y sombras y en el gusto por la observación de la materia.
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