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Herido en sus convicciones

Ana María Gato

Momentos duros en familia Las decisiones de los hijos no siempre coinciden con lo que los padres querrían. Es el momento de ofrecerles sólo acogida, como si estuviesen naciendo de nuevo.
Pablo no conseguía serenarse, ni siquiera distrayendo sus preocupaciones con la lectura de un libro se su autor preferido. Estaba pensando en su hijos y se daba cuenta de que la tensión y la desilusión le habían arrebatado esa sonrisa con la que afrontaba cada jornada: la situación familiar le estaba dejando cierta amargura en el alma. Justo ese día, también el último de sus hijos, como habían hecho los mayores, se había ido de casa a convivir con su chica. No tenían ningún interés por formar un matrimonio, ni ningún otro proyecto con visos de responsabilidad madura. Eso es lo que veía Pablo en tales decisiones. El libro descansaba en sus manos pero esas líneas le quedaban muy lejos, porque en realidad estaba repasando su propia historia al lado de Lucía:?afecto, fidelidad, dedicación, amor por todo y por todos adquirido con paciencia, por esos hijos que aceptó y crió superando obstáculos e incomprensiones, como cualquier familia. Y luego la satisfacción de verlos realizados. Y por último la decisión de irse con sus compañeras. Sólo compañeras, nada más. Nada de compromisos grandes y tenaces, ni ganas de mirar alto, hacia el futuro, por encima de la mediocridad cotidiana de una sociedad confusa. Eso es lo que pensaba Pablo. Había acompañado a sus hijos hasta el momento del discernimiento, y respetaba plenamente sus decisiones, pero ahora sentía que su corazón herido los estaba juzgando. Era verdad y le dolía. Fuera, el cielo gris amenazaba lluvia. En otra ocasión habría considerado la posibilidad de compartir sus pensamientos con Lucía y así aliviarse él, o quizás consolarla, pues sabía bien cuánto había sufrido su corazón de madre por cada uno de sus hijos. Éstos no podían entender que ella estuviera tan dolida: “Venga, mamá, si es lo que hace todo el mundo, ¿por qué te preocupas?”. Quizás era esa superficialidad lo que más le molestaba, y la sensación de no haber sabido dar testimonio de una verdadera vida de familia, de no haber arrojado un rayo de luz sobre esa incierta oscuridad. De esto estaba seguro: oscuridad.

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