A alguien que en 1947 nos había preguntado cómo es que no hablábamos de María, le respondimos: María es la puerta que nos lleva a Dios. Y la puerta no es puerta si no se abre para dejar pasar.
La Virgen es la nada, el vacío, el olvido, el sosiego, la pureza…, todas las virtudes del Evangelio, porque es criatura, y la criatura es amor si es una nada llena de Dios.
Una puerta siempre cerrada es una pared. Quien se detiene en la puerta no llega a Dios. La puerta es para Jesús. […]
[Ella] había usado con nuestro Movimiento la misma manera que con la Iglesia: mantenerse en la sombra para ceder toda la importancia a quien debía tenerla: su Hijo, que era Dios.
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