Hibakusha significa superviviente en japonés y Masako Wada lo es. Me reúno con ella en la terraza de un hotel de Roma, desde donde se divisa la magnífica cúpula de San Pedro.
Es una mujer pequeña y amable, de cabello corto y oscuro. Demuestra buen estado físico, a pesar de que acaba de llegar de un largo viaje desde Japón; no obstante, su rostro muestra señales de cansancio. Está en Roma para aportar su testimonio en un simposio internacional organizado por el Vaticano: «Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y por el desarme integral».
Masako Wada tiene ahora 74 años. El 9 de agosto de 1945, cuando los americanos soltaron la bomba atómica sobre Nagasaki, solo tenía 22 meses. Su casa estaba a 3 kilómetros del epicentro de la explosión. Se salvó porque en el jardín donde estaba jugando hacía mucho calor y su madre le dijo que entrara en casa... Lo que vino luego no fue calor, sino un fuego devastador que segó la vida de 130.000 personas. Ahora Masako va por el mundo promoviendo la eliminación de las armas nucleares.
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