Antes de que empezásemos a comprender algo nuevo sobre las verdades de nuestra fe con respecto a María […], para nosotros, en general, la madre de Jesús significaba una devoción, un afecto hermoso, una posibilidad de obtener protección, la Virgen, a quien honramos sobre todo en el mes de mayo. Significaba una invocación; también un motivo poderoso, que fascinaba y fascina a artistas de todos los siglos y de todo tipo.
Más tarde, la nueva espiritualidad que se estaba perfilando nos hizo profundizar en el concepto limitado de María que teníamos antes (comparable a una figura bonita, pura y viva que adornaba y endulzaba nuestra existencia cristiana) y nos dio una María más acorde con el corazón de Dios.
Cuando estaba naciendo el Movimiento, durante la guerra [1939-1945], en Trento, recuerdo haber percibido personalmente de una manera nueva algo referente a María en medio de un terrible bombardeo que podía ser fatal para nosotras.
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