La señora conejo vivía en una madriguera muy bonita. Cuando sus hijitos se iban al colegio, lo ponía todo en su lugar. Colocaba los cojines en el sofá, barría las migas de la alfombra, fregaba las cacerolas y hacía las camas. Además trabajaba el huerto para que las patatas, espinacas y zanahorias crecieran sanas y tuvieran buen sabor. En las ventanitas tenía unas macetas con tomatitos para dar color y hacer la ensalada. No era fácil; se necesita esfuerzo y cariño para tener una casa así. Ella no le daba importancia porque muchas mamás lo hacen.
Al salir del colegio, Nicolás y sus hermanitos jugaban con sus amigos en la pradera. Junto a la encina grande vivía una pareja de gnomos muy viejecitos. Y cuando Nicolás y los demás se cansaban de correr y saltar, se acercaban a su diminuta casa. Si hacía sol, casi siempre los encontraban delante de la puerta en sus mecedoras. Sara, la anciana, solía sacarles galletas caseras de chocolate. Y si Nicolás o alguno de sus amigos tenían un problema, les pedían consejo. Ellos, al ser muy mayores, tenían mucha experiencia y eran muy sabios.
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