La de este curso tiene otra cadencia; empezó a sonar el pasado 17 de agosto en las Ramblas de Barcelona y, todavía hoy, sigue viva. Entre todos esos tonos y compases, me encontré con las declaraciones del director de la escuela en la que estudiaron dos de los terroristas de los atentados de Barcelona y Cambrils.
En su blog, en el que sin titubeos condenaba los hechos ocurridos, decía textualmente: «Siento una mezcla de tristeza y rabia, pero los maestros somos tozudos y el día 12 estaremos otra vez en las escuelas con el firme propósito de que nuestra sociedad esté basada en el respeto a la diferencia (…) no dejaremos de luchar para que nuestra sociedad sea tolerante, se pueda vivir en libertad y en paz».
En medio de tanto dolor, de tanta rabia y tanta tristeza, ha hablado el educador, ha hablado la educación. Entre otras notas y compases, esta adquiere para mí una resonancia particular y se sitúa como melodía principal, como esa que más sonoridad adquiere en medio, repito, de tanto sinsentido, de tanto dolor y de tanta frustración.
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