El día en que los hombres (…), el día en que los pueblos sean capaces de posponerse a sí mismos, de posponer la idea que tienen de su patria, de sus reinos, y ofrecerlo todo como incienso al Señor –rey de un Reino que no es de este mundo, guía de la historia–, y esto lo hagan por ese amor recíproco entre los Estados, que Dios pide lo mismo que pide el amor recíproco entre los hermanos, ese día será el comienzo de una nueva era, porque lo mismo que Jesús está presente entre dos que se aman en Cristo, ese día Jesús estará vivo y presente entre los pueblos, puesto por fin en su verdadero lugar de único rey, no solo de los corazones sino también de las naciones. (…)
Estos son tiempos en los que cada pueblo tiene que traspasar sus propias fronteras y mirar más lejos. Ha llegado el momento de amar la patria de los demás como la nuestra (…). No basta el desapego de nosotros mismos para ser cristianos. Hoy los tiempos le exigen al seguidor de Cristo algo más: una conciencia social del cristianismo con la que pueda edificar no solo la propia tierra según la ley de Cristo, sino que ayude a la edificación de la de los demás (…) con los ojos sobrenaturales que nos ha dado Dios Padre, el cual desde el Cielo ve las cosas de un modo muy distinto del nuestro. (…)