Chiara Lubich (1920-2008) y sus compañeras inician en los años 40 una aventura espiritual con un método sencillo. Habiendo descubierto el poder revolucionario del Evangelio, cada semana toman de él una frase y la aplican a las circunstancias cotidianas. Son Palabras «de vida», que cambian la vida.
Deciden luego acompañar esa «Palabra» con un comentario breve, que someten a la aprobación del obispo. «Se puede quedar uno analfabeto –piensan– por desconocer las letras del abecedario y unas pocas reglas gramaticales. Pues igualmente, un cristiano será incapaz de expresar a Jesús en este mundo si no escucha las Palabras de Dios y las pone en práctica. ¡Hay que aprender a vivirlas una por una!»1.
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